En el fondo del mar dicen que vive una estrella, entre muchas otras,
que no brilla ni es hermosa para proteger su especie.
Se pregunta y se dice por las noches y los días, para que brillar si aquí todo es oscuridad.
Su suerte se ha vuelto de lo peor,
Si por alguna razón alguien la ve, es que muerta ha de estar.
Pobre estrella de mar, nunca podrá brillar.
Pobre estrella de mar, oculta vivirá, vivirá.
Alguien se atreverá a imaginarla, quizás flotando en el mar.
Alguien con su idea la reviva llena de fulgor.
Pobre estrella de mar, siempre quieta cuasi muerta.
Pobre estrella de mar, un capricho natural.
El mar desquiciado a su antojo sacará,
Con cada oleaje la golpeará, hasta quitarle su último sueño.
Ya no quiere ser estrella, y menos que menos de mar.
Pobre estrella de mar.
sábado, 29 de junio de 2013
domingo, 16 de junio de 2013
El origen
Dos oficiales se allegaron hasta la tienda del general Roca y pidieron hablar con él. Bajo su orden, les permitieron la entrada.
–Digan –seco Roca, sin mirarlos. A la luz de una lámpara estudiaba unos mapas.–Se trata de dos caciques, general. Vinieron en son de paz.
Roca los miró. Los oficiales quedaron helados por la fijeza de esa mirada, de esos ojos claros y feroces hechos para el mando, para la sumisión de los otros.
–¿Paz? ¿Son idiotas ustedes? No hay paz para los salvajes. ¿Lo saben o no? De saberlo, me habrían traído sus cabezas.
–Se ofrecieron como rastreadores –dijo el oficial más decidido. Acaso el que menos miedo le tenía al general. El único que habría de tener el coraje de afrontar esa conversación con él.
–Dicen conocer hasta el último cascote de este territorio. Pensamos que ese conocimiento podría interesarle a usted. Por eso aún conservan sus cabezas, general.
–Tráiganlos.
Los caciques eran altos, fuertes, con ropa limpia, el orgullo intacto.
–No me interesa conocer cascotes –dijo Roca. –Vine aquí a cazar indios. A matarlos. A limpiar el territorio porque el progreso tiene sus leyes. La primera es terminar con la barbarie.
–Nosotros podemos ayudarlo, general. Hace unos años estuvimos en Buenos Aires. Sabemos qué es la civilización. Sabemos el derecho que tienen los hombres ilustrados para expandirla en estos territorios salvajes. No somos traidores. Somos distintos.
Llevaron a cabo una tarea eficaz y devastadora. Le señalaron a Roca hasta los escondites más inhallables de los indios que el general tenía necesidad de matar para saciar su sed, que era la del progreso. Al terminar la campaña, Roca los premió con tierras generosas, extensas.
–Se las ganaron –dijo el general. Y hasta les estrechó las manos.
Cada uno se construyó una casa. Previamente se dividieron la tierra. Lo mismo para los dos, hasta el último centímetro. Ser justos entre ellos los volvió amigos, pero no socios. Uno se dedicó a la cría de ganado. El otro, a nada. Un hecho inesperado (que supo presentir) le cambió la vida. A las mañanas, el sol parecía obstinarse en caer sobre un montículo, darle calor y sacarle unos brillos extravagantes. El cacique se dijo que eso era una señal de los dioses. Lo habían bendecido y él sabría aprovechar esa generosidad, sí. Lo que brillaba en el montículo era oro. Empezó a cavar y descubrió que el oro no sólo estaba sobre el montículo, sino que se hundía en lo profundo y no parecía terminar nunca. Era rico.
Esa noche se emborrachó. Bailó como el guerrero que había sido. Bailó bajo la luna y elevó un canto de gratitud a los dioses. Entonces lo vio. El otro cacique lo miraba sin entender, pero sospechando. Le preguntó por qué tanta alegría. Y el pobre indio, de borracho que estaba, de bendecido por la suerte que se sentía, y hasta de querido y cobijado por los dioses, le dijo la verdad. Que era rico. Que en su tierra había oro. Que conchabaría gente en el pueblo más cercano y haría una mina. Que en menos de un año tendría tanto dinero que se iría a vivir a Buenos Aires, ya que ahí pertenecía, ahí había vivido y ahí le gustaba vivir, como un hombre ilustrado, un hombre del progreso. El otro lo escuchaba en silencio, ni una palabra decía. Sólo lo miraba, apenas eso. La luna estaba muy alta, era circular y helada. Algunas nubes la oscurecían y echaban sombras sobre la tierra. El cacique siguió bailando y siguió bebiendo ese aguardiente áspero, que lo ponía cada vez más turbio, vulnerable. El otro le hundió el puñal en medio del pecho cuatro, cinco y hasta seis veces. Después lo enterró lejos, donde nadie que no fuera él podría encontrarlo.
Lo que el muerto quería hacer lo hizo él. Conchabó gente en el pueblo, construyó una mina y se hizo rico. También se hizo una casa suntuosa, para no irse nunca, para vivir ahí toda su vida, que sería larga. No quería asentarse en Buenos Aires. Siempre sería un indio, nunca un ilustrado, nunca un hombre del progreso. Eso les dejaría como legado a sus herederos. Porque tendría hijos. Porque se traería de Buenos Aires una mujer blanca, hermosa. Se casaría con ella y con ella tendría sus hijos. Sus herederos vivirían en esa Buenos Aires que a él –lo sabía bien– le estaba negada. “No importa. Voy a fundar una dinastía, los míos tendrán poder, indios con tierras y con dinero no son indios, son ciudadanos”, se dijo, sentado en una silla de mimbre en la galería de su mansión, con una felicidad calma, algo adormecido, para siempre saciado, el cacique Patoruzú, rastreador de Roca, traidor a los suyos, asesino de su compadre, explotador de esos pobres hombres que trabajaban de sol a sol en su mina de oro inagotable, infinita como la perversidad de su alma.
viernes, 14 de junio de 2013
domingo, 9 de junio de 2013
Ausencia
En qué silencio abra alguna respuesta? En que instante todo tiene lucidez? Cuáles son las maneras de corregir lo malo?
Me cuesta trascender a estados mejores. Soy una mujer cansada, harta y que encuentra obligaciones hasta dónde se puede crear.
Rumiante y acostumbrada, seca y pálida, abrazada a viejos ideales, con una valija sumamente llena y un cuerpo totalmente desgastado.
La lucha interna comienza en el día y termina por definición en la cama.
Escucho guitarras, pianos tal vez. Algunos atisbos de arte que me superan. No se si en todos falto yo, o todos están más presentes que nunca.
Es la ausencia mi mejor demostración. De dónde será que mi ser es tan ausente?
Del abandono precoz de un padre que vuela sin motivos? O de una madre que desbordada por su mundo elige u opta por mamar con un solo pecho?
Cualquier opción es válida diría un choice capcioso. Vaya uno a entender la psiquis propia.
CADA CUAL TIENE UN TRIP EN EL BOCHO, DIFICIL QUE LLEGUEMOS A PONERNOS DE ACUERDO.
Me cuesta trascender a estados mejores. Soy una mujer cansada, harta y que encuentra obligaciones hasta dónde se puede crear.
Rumiante y acostumbrada, seca y pálida, abrazada a viejos ideales, con una valija sumamente llena y un cuerpo totalmente desgastado.
La lucha interna comienza en el día y termina por definición en la cama.
Escucho guitarras, pianos tal vez. Algunos atisbos de arte que me superan. No se si en todos falto yo, o todos están más presentes que nunca.
Es la ausencia mi mejor demostración. De dónde será que mi ser es tan ausente?
Del abandono precoz de un padre que vuela sin motivos? O de una madre que desbordada por su mundo elige u opta por mamar con un solo pecho?
Cualquier opción es válida diría un choice capcioso. Vaya uno a entender la psiquis propia.
CADA CUAL TIENE UN TRIP EN EL BOCHO, DIFICIL QUE LLEGUEMOS A PONERNOS DE ACUERDO.
sábado, 8 de junio de 2013
Etica, y no oro y plata
Por Osvaldo Bayer
¿Trasladamos los argentinos el monumento a Colón que está frente a la Rosada a Mar del Plata o lo dejamos ahí? Se ha iniciado el debate. Muchos dirán: miren lo que les preocupa a los argentinos, un monumento, en vez de entrar al debate sobre problemas mucho más fundamentales, por ejemplo sobre la división ideológica en que ha caído últimamente la sociedad que tiene tantas experiencias dolorosas en represiones y dictaduras. En vez de discutir cómo superar diferencias fundamentales, se discute si ese personaje histórico llamado “descubridor” de América merece o no estar en el lugar más importante, tal vez, de la representación popular: frente a la Casa de Gobierno de la Nación.
Y sí, es importante discutir ese tema. Debatir si Colón sí o no. Tiene que ver con el concepto político que debe tener delante de sus ojos el pueblo. Aceptado en su principio ese monumento por un gobierno conservador, cuidadoso vigilante de la disciplina de un pueblo dividido en aristocracias, una clase media siempre obediente y una clase obrera explosiva pero más que justa en el pedido de sus reivindicaciones, el gobierno de ese tiempo aceptó poner el monumento frente a la Casa Rosada, tal vez el lugar más privilegiado. Una especie de regreso a la colonia de la historia oficial, a la obediencia debida a Europa. En aquella época en la cual la Argentina futura iba a descender de los barcos.La disyuntiva definitiva hoy: o nos sentimos europeos o queremos ser lo que somos, latinoamericanos. Entonces, ¿preferir a Colón que nos dicen que “descubrió América” o a Juana Azurduy, aquella gaucha que luchó hasta el final para que esta tierra fuera libre, propia, con rasgos de sus ancestros? El llamado progreso europeo, con sus lacras de guerras, represiones, luchas religiosas, fábricas de armas, el cuidado de fronteras como máxima preocupación y una lucha de clases injusta entre una misma población. El egoísmo como máxima regla en la vida. Eso fue lo europeo como norma, a pesar de sus mártires y profundos pensadores. U optar por lo latinoamericano, ir a las raíces y respetarlas, pero en trabajo conjunto.
Colón vino en busca de riquezas y las encontró. No fue descubridor de nada. Las culturas de estas tierras que ellos llamaron americanas ya existían desde hacía siglos. Es lo mismo que un nativo de estas tierras hubiera desembarcado en Europa, en el siglo XI, por casualidad, navegando a remo y lo hubieran titulado “descubridor de Europa”. Colón no es un grande de la historia. Es apenas un sagaz navegante, atrevido buscador de oro, al que no le importa esclavizar y matar para obtener sus metas. Lo dicen sus cartas al rey católico de España, tan bien analizadas por Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América latina.
Colón no es ninguna figura heroica ni limpia, Con su “descubrimiento”, España, el país a quien servía –ni siquiera lo hizo por su patria–, comenzó una acción de cruel despojo y explotación al máximo esclavizando a la población original de estas tierras. Un verdadero “imperialismo”, además de tratar de superar a Gran Bretaña en el tráfico de esclavos africanos.
Se pueden ver en los archivos oficiales las decisiones de los virreyes españoles otorgando el libre comercio de esclavos en el Río de la Plata, con los buques ingleses en el puerto de Buenos Aires. Por eso, los argentinos, a las calles más connotadas del barrio bien de Belgrano, donde están las mejores residencias, les hemos puesto el nombre de todos los virreyes, en honor a su cultura europea.
De no haber sido “descubierta” por Colón, tal vez, hoy, América sería un jardín inmenso con miles de pájaros y flores, tal como la describió Alexander von Humboldt en su libro Viajes por América, escrito a fines del siglo XVIII y principios del XIX, donde también describe el trato indigno e inhumano que daban los conquistadores españoles a los pueblos originarios.
Nuestra admiración tiene que estar en los hombres de ciencia europea, sí, en sus filósofos, músicos, poetas, pero jamás en sus explotadores de los pueblos, los “conquistadores” y genocidas.
Dejar el monumento a Colón delante de la Casa de Gobierno es un insulto a todos los grandes patriotas –hombres y mujeres– y soldados criollos que lucharon contra el coloniaje y por nuestra independencia. Y contra nuestros pensadores y ejecutores de la libertad del coloniaje occidental y cristiano.
Sostengo que es exacta y racional la decisión de poner allí un recordativo artístico a la figura de Juana Azurduy porque también las mujeres hicieron nuestro país y justamente esa madre es todo un ejemplo heroico. Juana Azurduy, que perdió a su marido y a sus hijos en la lucha por la liberación contra el rey católico de España y toda su cohorte uniformada de militares y clérigos, más los pequeños tiranos de oficina, aquellos denominados funcionarios “coloniales”.
Juana Azurduy, un ejemplo. Su amor por la tierra, el recuerdo de sus seres queridos caídos en defensa de la Revolución de Mayo, allá en el lejano Norte, enfrentando a los uniformes realistas llegados de Europa para quedarse con la tierra y las riquezas de los “salvajes”. Cuando hombres luminosos como Belgrano, Moreno y Castelli cantaban, ya en 1810, “ved en trono a la noble igualdad, libertad, libertad, libertad”.
Por eso, los que hoy defienden con toda euforia al monumento del invasor y explotador Cristóbal Colón (en realidad Cristóforo Colombo) son los pequeños de siempre, a quienes les falta la grandeza de analizar a nuestras verdaderas figuras libertarias, que lucharon contra el todopoderoso puño europeo, occidental y cristiano.
Y a los italianos que van a defender a la estatua del mercenario al servicio del rey de España les pido que se organicen para recordar a aquellos humildes obreros italianos que llegaron a estas tierras, como inmigrantes, a trabajar, y desde un principio lucharon por la dignidad de su clase y por leyes obreras como la de la jornada de trabajo de ocho horas, que finalmente consiguieron. Recordarlos es un gesto merecido hacia ellos, los libertarios. Ellos, y no aquellos que vinieron a llevarse el oro y la plata y a esclavizar a las poblaciones autóctonas.
Por eso nada mejor que Juana Azurduy en vez del mercenario “descubridor” Colón, la ética en la historia, y no el oro y la plata por sobre todo.
viernes, 7 de junio de 2013
Abstención (aguante el alcoholismo popular)
Pagan tanto tanto tanto, que hasta sus hijos se resisten a no pagar.
Quieren tener todo a cambio de dinero. Cuando el mundo se haya terminado ellos vana buscar comprarse otro.
Quieren tener todo a cambio de dinero. Cuando el mundo se haya terminado ellos vana buscar comprarse otro.
jueves, 30 de mayo de 2013
Una de José Martí (para vos compañera)
Cese, señora, el duelo...
Cese, señora, el duelo en vuestro canto,
¿Qué fuera nuestra vida sin enojos?
¡Vivir es padecer! ¡sufrir es santo!
¿Cómo fueran tan bellos vuestros ojos
Si alguna vez no los mojara el llanto?
Romped las cuerdas del amargo duelo.
Quien sufre como vos sufrís, señora:
Es más que una mujer, algo del cielo,
Que de él huyó y entre nosotros mora.
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